Sí, así cono en las telenovelas: un año después. Estamos a 17 de mayo de 2019 y ¿saben qué ha sucedido en 12 meses? Todo. Todo en serio.
El 2018 fue un año de montaña rusa triple, bastante doloroso y estuvo marcado por varias pérdidas.
Perdí a una de mis grandes amigas en la vida, la única que creyó en mi y me dio mi primera gran oportunidad laboral, aquella que me ayudó a pagar la escuela y me enseñó que lo que vale en la vida no son las calificaciones, sino lo que haces realmente. Perdí también un empleo que me gustaba mucho, debido a la incompetencia y a la poca humanidad y empatía de los que eran mis jefes. Perdí mucha sangre y mucho peso en músculo. Perdí la salud física, mental y emocional. Perdí un embarazo y otra vez al hospital y a la persona que consideraba casi mi hermana...
Pero también gané. Hacia la segunda mitad del año la balanza se empezó a nivelar: gané salud a través de terapias, ejercicios y meditación, conocimientos sobre un montón de cosas nuevas, dos empleos nuevos, mucha experiencia laboral y profesional que me abrió las puertas de una escuela nueva, un anillo de compromiso, una familia política que me estima muchísimo. Estamos en la primera parte de 2019 y ya hasta me casé: mi ahora marido G, me propuso matrimonio con un anillo precioso, de rodilla al piso y toda la cosa, minutos antes de mi cumpleaños 35. Fue muy bonito. El 30 de abril nos casamos, ante los hombres y ante los Dioses de nuestra religión. El próximo 17 de agosto lo haremos de nuevo con una fiesta para celebrar con todas nuestras personas importantes: familia y amigos del alma. Tenemos una nueva integrante en la familia: una perrita que nos trajo Odín a la casa. Es preciosa y la amamos, es nuestra vagabunda de un solo ojo, que además tiene un ojo café y otro azul: es el presagio de nuestra unión.
El saldo ha sido bueno, mejor de lo que nunca había estado. Estoy por primera vez "tablas". Me siento feliz, plena, segura y sobre todo tranquila. Ese tipo de tranquilidad que jamás había sentido, bien porque no sabía cómo o porque no me había dado la oportunidad. El 2019 todavía no termina, pero puedo decir que este ha sido uno de los mejores años de toda mi vida. Estoy muy agradecida con la vida, con los dioses, con mi marido, con mis hijos animalitos, conmigo. Aún así, siento que me hace falta una alineación y balanceo cabronas, como la del año pasado...bueno, ya no tan cabrona, pero sí mantenimiento anual. Pronto.
MI PROPIA DIVINA COMEDIA
viernes, 17 de mayo de 2019
lunes, 28 de mayo de 2018
MI -NO TAN- DIVINA COMEDIA
PROEMIO: La selva obscura
Todo empezó un jueves 3 de mayo de 2018. Por la tarde, habiendo llegado de trabajar, me empezó a doler la cabeza. Pensé que sería como cualquier otro dolor por el calor y me tomé un par de aspirinas. A la mañana siguiente, el dolor seguía ahí: más intenso y extendido. Fui a trabajar, pensé que sería por no haber desayunado, pero no, porque comí y cuando llegué en la tarde a casa, el dolor me había tumbado terriblemente. Era un dolor que yo no conocía: clavado arriba de los ojos y extendido en toda mi circunferencia craneal, a esa altura. Tomé varias pastillas. También tuve fiebre. Ese día era el cumpleaños de una amiga y lo festejaba a unas cuadras de mi casa, pero no pude ir por el dolor. Pasé una noche del asco. Al otro día, seguía con el dolor que me tuvo tirada en la cama todo el día, ya habíamos pasado a la fase en la que la luz y cualquier otro estímulo me molestaba y casi no podía mantenerme en pie. G, mi novio, me insistía que fuéramos al hospital, a lo que yo le decía que si íbamos, seguro me iban a dejar ahí toda la noche internada y no quería. Esa noche fue la primera de las muchas siguientes "peores noches de mi vida". De repente, en la madrugada, me empezó a dar una comezón irrefrenable en la cara, en los ojos y en la cabeza. Toda la noche me estuve rascando, con una desesperación que no entendía qué tenía. A las 8 am fui a la farmacia a comprar antihistamínicos y unas gotas para infección en los ojos, porque de verdad, no podía más. Todo ese día lo pasé rascándome ya todo el cuerpo y la migraña pasó de ser intensa a ser completamente insoportable, aun cuando había tomado ya una pastilla sublingual, para casos extremos. La fiebre no cedía y empecé con hemorragia nasal incontrolable. En ese momento, siendo las 12 de la noche del domingo, es decir para amanecer lunes, decidí que era el momento de ir al hospital.
EL INFIERNO: Círculo 1- El Hospital del IMSS
Salimos de casa, no encontrábamos un taxi y como el hospital está a unas cuadras de aquí, nos fuimos caminando. Cuando llegamos, afortunadamente no había tanta gente y ya me había parado la hemorragia. Me pasaron a urgencias y me dijeron que si mis signos vitales eran normales, me mandarían a mi clínica correspondiente, que está a unas cuadras más adelante. Me tomaron los signos vitales y como era de esperarse, ya no me dejaron salir a ningún lado: los traía muy bajos, tanto la presión como la frecuencia cardíaca -algo que es completamente "normal" en mí, o al menos eso dijo el Cardiólogo un mes antes-. Me pasaron muy rápido con el médico y de ahí, ya todo fue caída libre. Me ingresaron a urgencias, me sacaron sangre para análisis. Esa parte fue muy divertida, porque yo había tenido minutos antes una hemorragia y de repente la enfermera me dice: "te voy a sacar sangre, necesitamos analizarla". Lo que no me dijo fue que eran dos tubos completos. Cuando empezó a sacar la sangre yo sentí que mi cerebro se pasmó por un minuto completo: me quedé viendo cómo brotaba mi sangre hacia el tubo y no pude decirle "me voy a desmayar", sólo lo pensé. Todo me empezó a dar vueltas, sentía que de verdad, iba a dar el changazo en cualquier momento. Ella me vio y me dijo: "no te vayas a desmayar, ya casi acabamos, eres muy buena paciente". Muy tarde. Ya estaba desmayada con los ojos abiertos y sin haberme caído. Me desmayé ahí en la silla, pero no perdí el conocimiento. Sólo me sentía tan mal como nunca me había sentido antes y veía todo como si estuviera afuera de mi cuerpo, y en cámara lenta. Cabe mencionar, que a mí no me asusta la sangre de otros, pero cuando se trata de la mía, me pongo muy mal, me da mucho miedo, porque he tenido malas experiencias en relación a eso. Una vez que me sacaron la sangre, me canalizaron con el suero y los antihistamínicos, logré volver a mi cuerpo y me pasaron a la cama. Y ahí pasé las siguientes 12 horas, escuchando a los otros pacientes que estaban a mi alrededor: la chica de al lado venía desangrándose, con anemia y lloraba y gritaba desconsolada que sentía que se le quebraban los huesos. La trasfundieron con dos unidades porque no lograban estabilizar su hemoglobina. Era la segunda vez que iba en 3 meses. Estaba sola, no había nadie que pudiera ir con ella. Tenía 27 años. Al fondo, había una señora de 85 años que gritaba, al principio parecía gracioso: "¡Mis calzones, enfermera, devuélvame mis calzones, ya vino mi sobrino por mí y ya me voy!" Después de un rato, volvía a gritar "¡Ayuda, ayuda, ayuda, esto no es justo, no es justo!" Y al siguiente: "¡Ay, ay, aaaaay, calambre, me da calambre!". Después de 3 o 4 horas de escucharla gritar, lo único que yo quería era aventarle el cómodo en la cabeza para que se callara de una vez. Lo hizo toda la noche. Los enfermeros al principio le hacían caso, después la ignoraron y al cambio de turno, otra vez le hacían caso. Yo me preguntaba cómo podían dormir los demás. Yo no podía ignorar ni los lamentos de mi vecina, ni los gritos de la anciana, cada vez que me empezaba a quedar medio dormida, algo sucedía. No pude dormir en toda la noche. Al amanecer entró el médico que me había visto en la noche, me dijo que mis análisis habían salido "todo en orden y normal" -otra vez esa dichosa palabra, ¿qué diablos es lo "normal"?- Como la comezón seguía presente, me pusieron más antihistamínicos y cortisona. Salí del hospital 12 horas después con dos diagnósticos: uno de "no sabemos qué tienes" y "hay que descartar hipotiroidismo" y con la piel de la cara hecha trizas, parecía que había metido la cabeza en el horno tostador: roja como una langosta. Saliendo del hospital tuve otras dos hemorragias nasales, porque ¿porqué no?, una en el baño del hospital y la otra en la calle, mientras caminaba a mi casa.
CÍRCULO 2: La soledad del alma
Estando ya en casa, lo único que quería era dormir y llorar. No podía. Ni lo uno ni lo otro. Me sentía rarísima, como si acabara de salir de una borrachera y tuviera una resaca horrenda, de esas que sientes que en verdad te vas a morir. Ya no tenía comezón, pero vivía drogada todo el día, con antihistamínicos y paracetamol. Obviamente, estaba sola todo el día y sentía que no podía hablar con nadie de lo que me estaba pasando. Yo no sabía qué hacer. Todo el tiempo me la pasaba dormida, pero tenía sueños horribles, no descansaba nada. Quería llorar, pero no me salía ni media lágrima. Todo el día con los gatitos y la perrita, ellos se la pasaban acostados conmigo, cuidándome, al pendiente de cualquier cosa. Es increíble la empatía que tienen los animalitos. Valkiria se acostaba junto a mí, todo el tiempo y todas las noches, no me dejaba para nada. Y yo solo la acariciaba y no me salía ni una mugrosa lágrima. De pronto, me di cuenta que había perdido la capacidad de llorar y me empecé a preocupar. G estaba muy sacado de onda, y yo también porque lo sentía distante, sentía que me juzgaba, que solo estaba victimizando y que era puro choro lo que me estaba pasando. Sentía que estaba enojado conmigo y eso me dolía hasta la médula. Ese mismo miércoles, dos días después de que salí del hospital, tenía que ir a la clínica a que me hicieran los estudios de hipotiroidismo. No llegué; me puse mal en el camino, sentía que me iba a desmayar y tuve que hablarle a G para que fuera por mí. Estaba yo tirada en la calle, como teporocha, en Av. Coyoacán y Av. Col. del Valle, junto a un puesto de hamburguesas. Tenía el estómago revuelto y sentía que todo me daba vueltas, así que pensé que para aminorar el golpe del desmayo, que vendría en cualquier momento, mejor me sentaría en el piso con toda elegancia y así me pegaría menos fuerte y sería más fácil que me encontraran o alguien me ayudara en su paso por la calle. Pasaron unos 20 minutos y llegó por mí. No había perdido el conocimiento, pero me sucedió igual que en el hospital. Me alimentó y después de eso me armé de valor para platicar sobre cómo me había sentido los últimos 3 días. Hablamos y todo se resolvió de la mejor manera. No más sentirme mal anímicamente, no más sospechar ni imaginar cosas raras en relación a él. Hablando se entiende la gente. Sí, fue una semana extraña, pero iba mejorando, al menos ya no me sentía sola y empecé a dormir y a comer y a pasar tiempo con él. Él, por su parte, dejó de verme así como yo pensaba que me veía. Y todo empezó a tomar cauce de nuevo, aunque la casa, me quedaba muy grande.
CÍRCULO 3: El diagnóstico y el tratamiento
Mi suegra es médico bariatra, terapeuta y otras veinte monerías más. En cuanto me vio, me dijo lo que tenía: intoxicación orgánica, causada por el mal hábito de comer el licuado de verduras no inmediatamente, sino cuando ya estaba oxidado y obviamente por causas emocionales. Me mandó mil complementos alimenticios para ayudar a desintoxicar el cuerpo, el hígado y para la correcta función de las glándulas suprarrenales, para eliminar la ansiedad causada por las ronchas, bajar la comezón y poder dormir. ¡Al fin, había algo que me iba a permitir dormir! Y así, empecé a tomarme el tratamiento, en la mañana y en la noche para desintoxicar el hígado, que sabe a madres, pero que estaba resultando muy efectivo, me estaba sacando toda la maldad contenida en mi pequeño corpachón en forma de ronchas: tenía en todo el cuerpo y cuando digo todo, es todo en serio. Parecía que me habían salpicado con pintura roja. Primero aparecieron sutilmente en los brazos, después en las piernas, luego en la espalda y en el pecho, finalmente en las manos y en la cabeza. El único lugar donde nunca tuve ni he tenido, es en el rostro y cuello. Curiosamente, no me daba comezón en las ronchas, sino en los alrededores. Esa intoxicación estaba saliendo como agua de una fuente, a raudales.
Durante esa semana ví que una terapeuta a quien le tengo mucha confianza, había vuelto a dar consulta en CDMX, por lo que prestísima le hablé e hice cita con ella. Tenía la piel del rostro hecha pedazos por la cortisona, tardó como semana y media en arreglarse. El miércoles, ya sintiéndome mejor, a una semana de haber estado en el hospital, fui con la terapeuta. M es una mujer que irradia luz y amor. Así. No hay más, es un ser de luz y una fuente inagotable de amor y sabiduría. Platicamos acerca de lo que había sucedido, cómo me sentía y procedimos a la terapia: Activación de chakras*. De 7, 4 estaban bloqueados, 2 al revés y solo 1 en buen estado: el de la garganta, ya que, es lo que utilizo para ejercer mi profesión y generalmente, nunca me quedo callada, ante cualquier situación siempre hago escuchar lo que tengo que decir. La energía de mi cuerpo, mi frecuencia de vibración estaba completamente atascada. M empezó proceso de sanación. Tardamos dos horas. No quiero ni pensar lo cansada que terminó, pero todo quedó como debía: alineación y balanceo exitosas.
CÍRCULOS 4, 5, 6, 7, 8: La crisis, el dolor, el llanto, la risa y la peste
Salí del consultorio de M sintiéndome distinta, pero como en las nubes. Cansada y un poco desorientada por el trabajo energético tan grande. Tomé un taxi que me llevó a casa. Llegó G y platicamos acerca de lo sucedido en la terapia. Nos fuimos a dormir. Dormí bien y casi de corrido toda la noche. Al otro día sentía como si un tren me hubiera pasado por encima, estaba completamente agotada y tenía dolor en todo el cuerpo y sentía la garganta inflamada, como si me fuera a dar gripa o una infección. Supuse que era por el manejo de energía y el desbloqueo, aún así le escribí a M para decirle que me sentía rara y que si me iba a enfermar. Me dijo que no, que era lo que se conoce como "crisis curativa o de sanación"** que, cabe mencionar, no se da en todos los casos, solo en algunos donde el trabajo de sanación es muy fuerte (Para saber más acerca de esto, les dejo un link abajo). Me quedé más tranquila, pero conforme fue avanzando el día, me fui sintiendo peor y peor. De pronto me empezó a doler la rodilla, como si me hubiera dado un golpe muy fuerte. Después se pasó a la otra rodilla. Ese día vino a comer mi amiga V, y me costó un trabajo mayúsculo bajar a abrirle la puerta y subir las escaleras de nuevo a mi casa cuando se fue. Para la noche ya me dolía la garganta como si hubiera gritado 20 horas seguidas, la tenía inflamada, tenía fiebre, me dolían no solo las rodillas, también los brazos como si hubiera cargado un peso extremo durante mucho tiempo. No dormí casi nada. Al otro día se sumaron el dolor de cabeza y la foto-hipersensibilidad, es decir, la luz me lastimaba como si tuviera la peor de las migrañas en toda la historia de la humanidad. No podía comer, porque todo me sabía demasiado, mis sentidos del gusto y del olfato estaban magnificado a la N potencia: todo me causaba asco y lo único que toleraba era fruta con limón y agua. El dolor de garganta era insoportable, el termómetro marcaba 40 grados de temperatura ¡pero no tenía fiebre! No me podía levantar de la cama, me dolían las articulaciones de las rodillas, los pies, los brazos, las manos y los dedos. Dormía poco y despertaba empapada, como si me hubiera metido a bañar. No exagero, la blusa de la pijama se podía exprimir. El cabello igual. Sentía mucho frío y después mucho calor. Las manos se me calentaban como si fueran a sacar fuego. Cada vez que intentaba levantarme, me mareaba. Intentaba comer pero cualquier cosa me daba náuseas, así que reduje mi ingesta a solo manzanas con limón y chile y piña. No podía comer otra cosa, por lo que me puse pálida y bajé mucho de peso en esos días. Lo peor era el insomnio porque no podía descansar. Cada vez que intentaba cerrar los ojos, me despertaba sobresaltada y el dolor de cabeza no cedía. De nuevo empezó la comezón, pero esta vez en las ronchas, que para este momento ya estaban superpuestas, una encima de la otra. Y de pronto, así sin avisar, empecé a llorar sin control. Pasé dos días llorando. Sin dolor aparente, solo llorando, no podía parar, ni siquiera sabía porqué, solo salía el llanto y no podía con él. Y yo no soy de las que lloran bonito, no señor, cuando yo lloro, me escuchan en la otra cuadra. No lloro, grito, sollozo, si yo me hubiera dedicado a Plañidera, sería megamillonaria. I'm an ugly crier: se me ponen los ojos de sapo. Y esa es solo una de las razones por las que no me gustaba llorar y lo bloqueé durante tanto tiempo. Uno de esos días, G llegó temprano a casa y me encontró sentada en la cama llorando, inconsolable e incontrolablemente. Llevaba horas. Fue muy divertido porque entablamos una conversación coherente pero yo no paraba de llorar, podía hablar, podía hacer chistes, incluso le dije: "los vecinos van a pensar que me maltratas y le van a hablar a la patrulla", y nos reímos, pero no paraba de llorar. Es real y no exagero cuando les digo que nunca en mis 34 años de vida había llorado así. Me salieron todas esas lágrimas que había dejado en el olvido. Y el dolor de cabeza y la fotofobia seguían ahí. Luego de dos días así, vino la risa incontrolable. Una madrugada, a las 2:40 a.m.-recuerdo bien porque vi el reloj- vi una imagen en Facebook y la risa salió, como loca a carcajadas. No paraba. Estaba muerta de risa, me retorcía, como hacía muchísimo que no lo había hecho. Hasta le ofrecí disculpas a G al siguiente día, pero como tiene el sueño super pesado, ni cuenta se daba de nada de lo que me pasaba en las madrugadas. Reí y reí y reí y solo así logré dormir un poco. Seguía con fiebre inexplicable de 40 grados, con dolor en las articulaciones, con ronchas, con dolor de garganta, pero al menos, me estaba riendo como loca. Al mismo tiempo de eso, vino la peste. Sí, apestaba. Todas mis excreciones eran realmente fétidas. Hasta pena me daba y me bañaba dos veces al día. Era verdaderamente asqueroso. Yo sentía que olía feísimo, aunque G decía que no. Tal vez solo era mi sentido del olfato que me estaba jugando una mala pasada, como todos los anteriores días. Durante todo este proceso solo había dos pensamientos en mi cabeza: ¿Algún día se me va a quitar esto o ya de plano voy a colgar los tennis? y ¿...Qué habrán pensado los vecinos...? este último me sigue causando mucha risa.
La entrada al paraíso terrestre
Y al cuarto día, como Lázaro, me levanté de la tumba. El dolor de articulaciones era casi imperceptible, sólo sentía las rodillas hinchadas, pero podía caminar, poco y lento pero podía, en la cabeza solo quedaba sensibilidad como pequeños calambritos intermitentes, molestos, pero no tan dolorosos, ya no me molestaba tanto la luz, tenía hambre, quería comer -eso era nuevo- y me sentía bien. "Me sentía bien" ¡Qué palabras tan poderosas! Cuando bajé a la cocina y G me preguntó ¿cómo te sientes? le respondí: Bien. Y no lo podía creer.
PROEMIO DEL PARAÍSO: La Ascención
Hacía muchos años que no me sentía bien. Ríanse, pero es extrañísimo sentirse bien, después de haber estado tan mal, crónicamente durante al menos 20 años. Sentirse bien era una sensación completamente nueva para mí. Lo sigue siendo. Probar la comida y sentir los sabores, oler mi perfume, ver las cosas con ojos nuevos. Reírme por cualquier tontería y llorar por algo que me conmueve, por pequeño que sea. Trabajar en mi flexibilidad y aceptar que el mundo simplemente es. Es como ser nueva en el mundo. Es ver las cosas desde afuera, con atención plena.
Yo pensé que había entendido y aprendido un montón en mi Seminario de Psicología Positiva, pero no es sino hasta hoy que siento que empiezo a comprender y a aprehender todo lo que estudié. También me puse a estudiar sobre el dolor: qué es, cómo reconocer la emoción y cómo evitar su corrupción hacia el sufrimiento. No soy una experta -todavía- pero si alguien me preguntara si todo este viaje ha valido la pena (literal) tengo que decir que sí, aunque no se lo deseo a nadie y paradójicamente sí se lo deseo a todo el mundo. Sí deseo que todo el mundo pueda y sepa apreciar el dolor, sentirlo y dejarlo ir para sanar; que todo mundo comprenda que para sentirse mejor hay que dejarse sentir peor; que cuando tocas fondo, lo único que queda es empujar hacia arriba, sacar todas tus fuerzas y no dejarte vencer no desde el ego sino desde el amor; que la vida no se trata de ser fuerte ni resistente todo el tiempo, que se vale doblarse y sentir. Sobre todo, sentirlo todo con la misma intensidad.
Querer tapar el sol con un dedo es imposible, tanto como querer que nada te toque ni te duela. ¿Puedes intentarlo? Claro, yo lo intenté desde que tengo memoria y me salió tan bien, que me construí a mí misma a partir de ese dolor, hice mis cimientos con el sufrimiento y me adorné con tal fuerza y resistencia que era como Hércules ante cualquier situación. Me fui endureciendo con los años y el resultado fue que mi cuerpo casi se da por vencido, mi alma maltrecha ya no podía más y lo que les quedó fue llamar mi atención, en la única forma que sabían que me podrían parar. Si no me hubiera ido al hospital, yo habría seguido de largo, sin hacer caso a las señales que me daba mi cuerpo, porque ¿adivinen qué? el cuerpo habla, escucha, aprende, absorbe y nos dice cosas pero nunca lo escuchamos, porque siempre estamos muy ocupados haciendo otras cosas. Y toda esa revoltura de emociones hizo un mix explosivo dentro de mí. Fue como un grito desesperado de "¡YA BASTA!", al menos así lo veo y lo siento ahora.
No paro de sentirme agradecida con mi pareja, que es amorosísimo, sin su apoyo, no habría logrado atravesar y salir avante de esto. Con M que ha sido un ángel caído del cielo. Con mi suegra que ha estado al pie del cañón y que con mucho cariño y respeto se ha acercado a mi para tenderme la mano. Por supuesto, estoy agradecida con mis animalitos de compañía, perrita Valkiria que nunca se duerme en la cama y estos días sin chistar, se subía junto a mí y no había poder humano ni divino que la quitara de ahí, con gatitos Gorda y Muchacho, quienes nunca me abandonaron y en esas noches de locura y llantos estuvieron con sus ronroneos encima de mi pecho, dándome tanto y tanto amor.
Pero ¿saben qué? La persona con quien estoy más agradecida es con Dulce, esa que pocos conocen, que solo dejaba salir de vez en cuando y a quien solo los muy allegados tenían el placer de conocer, la tierna, la amorosa, la que es capaz de dar lo mejor de sí misma al mundo y que ahora sabe que es capaz de darse lo mejor a sí misma. Sin mi verdadero yo, no lo habría logrado nunca.
¿Dolió? Sí. Mucho. Muchísimo, como nunca había sentido el dolor. Pero entendí que tenía que dejarlo pasar, como algo natural. Fue duro, sí, terrible dejarse llevar, para alguien que siempre ha estado acostumbrada a ejercer el control desde el ego. Tuve miedo, claro que sí, de mí misma, de ver y sentir mis capacidades a full. Fue toda una "montaña rusa" de emociones y sentimientos. Sentir mi físico disminuido, postrarme en una cama durante tantos días, sentirme y estar completamente vulnerable ante mis ojos y los de los demás. Si eso no es casi como nacer de nuevo, entonces no sé qué es.
Han pasado ya casi cuatro semanas desde que empezó todo esto y hoy, 28 de mayo de 2018 me siento mejor, mucho mejor. Las ronchas han disminuido, ya casi se van, casi que las voy a extrañar (obvio no, ya que se vayan y no regresen jamás), la comezón sigue pero el antihistamínico hace bien su trabajo, ya no me duele el hígado y tampoco apesto. Aún estoy medio pálida, pero voy recuperando el color y mi rostro se va recuperando, ahora la piel está más suave y lisita. Puedo comer, ya me da hambre, aunque llevo una dieta muy controlada. Y obviamente, me siento bien. Poco a poco voy recuperándome. Todavía falta hacer mucho trabajo, pero hay que empezar por el principio y vamos avanzando. Me inscribí ya a un curso de Tai Chi. Sigo estudiando. Pronto vendrán cosas nuevas, ya van llegando.
* https://www.yogateca.com/chakra/
**http://www.exploradoresdeluz.com/que-es-crisis-curativa-o-crisis-de-sanacion/
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